viernes, 26 de agosto de 2011

Los recuerdos que saltan por la fenestra

Recuerdo su piel, recuerdo sus manos, recuerdo su cuerpo, al que acaricié con dedicación y benevolencia. Recuerdo que nos juramos tantas cosas, promesas incumplibles. Y extraño lo que hicimos, y lo que no hicimos, continúa como una fantasía que vuelve cada noche, en medio de los sueños proféticos, para unir, como nunca fue, la carne con la carne y la piel con la piel.
En esa loca turbación mía, te pedí que viajaras conmigo al infinito, donde buscaríamos una residencia, para ti, para mí, para todos nuestros deseos y proyectos. Olvidé, en medio del frenesí, que tú y yo no somos de materia compatible, tú buscas lo que yo desprecio, tú desprecias lo que yo busco, y ambos, unidos por el sutil hilo de la inmortalidad, vagamos como sombras que no pagaron para cruzar el río de los muertos.
Ahora, recordando tu aterciopelada piel, tu firme carne, tus labios comestibles, tu cara, seria, pero aniñada a un tiempo, tenía una chispeante sensualidad que salía a ratos y a ratos se escondía. Tu cuerpo y el mío vibraban de tal manera que se correspondían, aunque debido a la pureza de nuestras almas no llegáramos a consumar acto ninguno.
Y esos sueños se van, defenestrados, por mi corazón, ya carente de ilusiones. Porque cometimos errores, ambos juntos, lo poco que hicimos juntos, lo poco que hicimos bien.
Y tu corazón... tu corazón... tal vez tu corazón sea puro. Pero no me dejas ver, no me dejas pasar. A pesar de saber que soy transparente como el vidrio, brillante como el metal, y si bien me escondo tras las sombras de mí mismo, haces tú lo mismo al no dejarme entrar.
Bésame, una vez, y ya no tengas miedo. Besa, luego calla, es lo último que pido. Besa, y luego vete, no quiero verte más. Besa... y olvida, y vuelve a empezar.

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